*Por Mathías Gonnet
Uruguay cayó con España y se apagó el sueño mundialista. Demasiado rápido, tal como sucedió hace cuatro años con una generación de futbolistas que repite el fracaso en el máximo torneo de selecciones. Marcelo Bielsa, líder de este proceso, finaliza el mismo definiéndolo en propias palabras: sin dejarle absolutamente nada a un país que se ilusionó con su llegada.
La celeste, bajo la batuta del experimentado entrenador argentino, se transformó en un espejismo de lo que ella misma proyectó en el inicio del ciclo del rosarino, que con su sello a cuestas cautivó a un pueblo que abrazó su idea tras los resonantes triunfos ante Brasil y Argentina.
La Copa América, mojón en la relación entre Bielsa y varios referentes del plantel, entregó un tercer puesto que, no por la medalla de bronce si no por la convivencia durante la estadía en Norteamérica, comenzó a escribir la primera página de una crónica roja que finalizó con muerte en Guadalajara.
Declaraciones cruzadas, conferencias de tenor rosa y confesiones del entrenador por demás llamativas, hicieron sonar las alarmas y estropearon un proceso que comenzó a naufragar frente a la pasiva mirada del Consejo Ejecutivo de la AUF. El timón se sostuvo con el rosarino ejerciendo de capitán pero la Copa del Mundo terminó arribando al calendario sin terminar de cerrar algunas heridas que, a todas luces, permanecían abiertas.
Con un plantel corto de jerarquía, futbolistas fuera de forma y un entrenador entreverado en sus decisiones, la celeste expuso en cancha todo el ruido que se encargó de generar fuera de ella. Fallos puntuales e individuales, demasiado caros en una Copa del Mundo, sepultaron las opciones futbolísticas de un equipo que hizo tantos méritos para sumar puntos como para perderlos.
Porque, en palabras de Bielsa, el equipo se marcha con dos unidades de una competencia en la que tendría que haber cerrado con siete su primera fase. ¿Acaso los graves errores de un arquero no entran en la categoría del desmerecimiento? En una competencia del estilo, fallar en los últimos metros es tan crucial como hacerlo en los primeros, y Uruguay se encargó de hacerlo no en uno, si no en los tres partidos del torneo. Un adiós, otra vez, demasiado rápido.